En Viena, donde la desconsideración y la desvergüenza hacia los pensadores y hacia los artistas han sido siempre máximas y que, sin duda, puede calificarse del mayor cementerio de fantasías y de ideas, y en la que han degenerado y decaído y sido aniquilados mil veces más genios de los que realmente han salido a la luz y llegado a la fama y a la fama mundial en Viena, se encontró muerto en un hotel del centro de la ciudad a un hombre que, con mente totalmente lúcida, escribió en una nota las verdaderas causas de su muerte y sujetó la nota a su chaqueta. Durante decenios, escribió, había perseguido una idea, y realmente había podido realizar y llevar a su término esa idea suya, como es natural una idea filosófica, en una gran obra, y finalmente todas sus fuerzas habían sido devoradas por esa idea. Sin embargo, el reconocimiento que esperaba no se había producido. Aunque, finalmente, había mendigado ese reconocimiento, le había sido negado por las instancias y las personas competentes para ello. De nada había servido que demostrara la inmensidad de su obra. No sólo la envidia de sus colegas, sino toda la atmósfera enemiga del espíritu de esa ciudad lo empujaba a la muerte, su aturdida falta de humanidad. Sin embargo, como no quería renegar de su carácter, había quemado su obra antes de suicidarse, había quemado y, realmente, reducido otra vez a la nada en pocos minutos la obra de su vida, después de haber necesitado decenios para que surgiera, y no había querido dejarla a una posteridad que en ningún caso la merecía. La espantosa idea de que él, lo mismo que otros muchos como él, sólo después de su muerte sería reconocido y por consiguiente explotado y famoso, le hizo aniquilar sus logros que, realmente, había que valorar mucho más alto que todo lo pensado y escrito en esa esfera. La ciudad de Viena, así escribía en su nota para terminar, vive desde que existe de las obras de sus suicidas geniales, y él no quería ser un eslabón más de esa cadena de genios.