Los motivos que han conducido a los hombres a convertirse en filósofos han sido de
varias clases. El motivo más respetable fue él deseo de comprender el mundo. En la
antigüedad, cuando la filosofía y la ciencia no se distinguían entre sí, este motivo fue el
predominante. Otro motivo que constituyó un poderoso incentivo en épocas primitivas estaba
basado en las ilusiones producidas por los sentidos. Cuestiones de este tipo: ¿dónde está el
arco iris? ¿Las cosas son como aparecen a la luz del sol o como aparecen bañadas por la luna?
O, en una forma más moderna: ¿son las cosas realmente como aparecen ante el simple ojo o
como aparecen vistas por un microscopio? Semejantes acertijos, sin embargo, empezaron,
muy pronto, a ser sustituidos por un problema más considerable. Cuando los griegos
comenzaron a dudar de los dioses del Olimpo, algunos de ellos buscaron en la filosofía algo
que sustituyese a las creencias tradicionales. A través de la combinación de esos dos motivos,
surgió un doble movimiento en filosofía: por un lado, se creyó demostrar que mucho de lo que
pasa por conocimiento en la vida cotidiana, no es conocimiento real; y, por otro lado, que
existe una verdad filosófica más profunda y más en consonancia, según la mayoría de los
filósofos, con lo que desearíamos que fuese el universo, que la de nuestras ciencias cotidianas.
En casi todas las filosofías, la duda ha sido el aguijón y la certeza ha sido el objetivo. Se ha
dudado de los sentidos, de la ciencia, de la teología. En algunos filósofos, una de esas dudas
ha sido la principal; en otros, otra. Los filósofos han diferido también ampliamente en cuanto a
las respuestas que sugirieron para aclarar esas dudas e, incluso, en cuanto a si es posible una
respuesta.
Todas las razones tradicionales influyeron para que me dedicara a la filosofía, pero hubo
dos que influyeron de manera especial. La que primero ejerció su influencia, y la que más
tiempo la ejerció, fue el deseo de encontrar algún conocimiento que pudiese aceptarse como la
verdad cierta. El otro motivo fue el deseo de hallar alguna satisfacción para mis impulsos
religiosos.
Creo que lo primero que me llevó a la filosofía (aunque en aquel tiempo la palabra
«filosofía» era todavía desconocida para mí) ocurrió cuando tenía once años. Mi niñez fue casi
siempre solitaria y mi único hermano era siete años mayor que yo. Indudablemente, como
resultado de mi mucha soledad, llegué a ser bastante solemne; tenía un montón de tiempo
para pensar, pero no muchos conocimientos con los cuales pudieran ejercitarse mis
meditaciones. Aunque aún no era consciente de ello, sentía ese placer por las demostraciones
que es típico de la mentalidad matemática. Cuando fui mayor, encontré a otros que opinaban
como yo en este asunto. Mi amigo G. H. Hardy, que era profesor de matemáticas puras,
gozaba de este placer con una intensidad muy grande. Una vez, me dijo que, si pudiese
encontrar una prueba de que yo me iba a morir antes de cinco minutos, lamentaría
naturalmente perderme, pero que ese pesar sería completamente sobrepasado por el placer
que le produciría la prueba. Estuve enteramente de acuerdo con él, y no me ofendí en
absoluto. Antes de que empezase a estudiar geometría, alguien me dijo que la geometría
demostraba cosas y, por esta razón, cuando mi hermano habló de enseñármela, me alegré
mucho. La geometría, en aquel tiempo, era todavía «Euclides». Mi hermano, como principio,
empezó con las definiciones. Las acepté con una disposición bastante buena. Pero, después,
llegó a los axiomas. «Los axiomas —me dijo— no pueden demostrarse, pero tienen que darse
por supuestos, para que todo lo demás pueda ser demostrado.» Ante estas palabras, mis
esperanzas se derrumbaron. Había pensado que sería maravilloso encontrar algo que uno
pudiese DEMOSTRAR, y resultaba que eso sólo podía hacerse por medio de supuestos para los
cuales no había ninguna prueba. Miré a mi hermano, con alguna indignación, y dije: «Pero,
¿por qué debo admitirlos, si no pueden demostrarse?» Replicó: «Porque, si no lo haces, no
podremos continuar.» Pensé que podía valer la pena conocer el resto del asunto, y estuve de
acuerdo en admitir los axiomas de momento. Pero continué sumido en la duda y en la
perplejidad hacia una esfera en la que había confiado encontrar una claridad indisputable. A