Los discursos que hoy escuchamos con tanta frecuencia sobre el fin de la historia y el comienzo de una era posthumana y poshistórica olvidan el simple hecho de que el ser humano está siempre en proceso de hacerse humano y, por tanto, también de dejar de serlo y, por así decirlo, de morir a lo humano. La pretensión de una animalidad lograda o de una humanidad consumada del ser humano al final de la historia no da cuenta de esta incompletud constitutiva del humano.

 

Consideraciones similares se aplican a los discursos sobre la muerte de Dios. Al igual que el ser humano está siempre en proceso de convertirse en humano y de dejar de serlo, también el devenir divino de Dios está siempre en proceso y nunca se completa de una vez por todas. La frase de Pascal sobre Cristo en agonía hasta el final de los tiempos debe entenderse en este sentido. En agonía – es decir, según la etimología, en lucha o conflicto con su propia divinidad, por lo tanto nunca muerto, sino siempre muriendo a sí mismo. El único sentido de la historia humana está en esta incesante agonía, y hablar del fin de la historia parece ignorar el hecho -también evidente- de que la historia está siempre en proceso de terminar.

 

De ahí la insistencia del último Hölderlin en los semidioses y las figuras casi divinas o más que humanas. La historia está formada por seres que ya son y no son divinos, que son y no son humanos: hay, pues, una “semi-historia” al igual que hay semidioses y cuasi-humanos. Por eso, las únicas claves para interpretar la historia son la angelología y la demonología, que ven en ella -como hicieron los Padres y el propio Pablo, cuando llama ángeles (o demonios) a los poderes y gobiernos de este mundo- una lucha sin cuartel entre menos que dioses y más -o menos- seres humanos. Y si hay algo que podemos decir sobre nuestra condición actual, es que en los últimos dos años hemos visto con una claridad sin precedentes a los feroces demonios trabajando en la historia y que son seguidos ciegamente por los poseídos en su vano intento de expulsar a los ángeles para siempre, esos ángeles, después de todo, que, antes de su infinita caída en la historia, eran ellos mismos.