Si la historia económica ha estado signada por la irrupción de catástrofes naturales y riesgos económicos, lo distintivo del Antropoceno (época geológica marcada por el significativo impacto global de las actividades humanas en los ecosistemas terrestres) es la responsabilidad del hombre en la amplificación del citado riesgo.

Hasta hace pocos años, el riesgo seguía asociándose a las catástrofes naturales. Sin embargo, en los últimos años se evidencia una situación diferente, pues se ha incrementado la probabilidad de que ocurran eventos extremos. Seguir con la explotación petrolera, por caso, implica sumar emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera. Avanzar con la agricultura extensiva hacia nuevas áreas implica romper el ecosistema, exterminar animales y plantas, lo cual induce a la aparición de nuevos virus y eventuales pandemias, pero también la liberación de gases de efecto invernadero. Surgen, a su vez, acciones, a priori, inesperadas, tal como la invasión de Ucrania.

De ahí que observamos cómo interactúan diferentes tipos de shocks y cómo se potencian para generar una superposición de crisis (policrisis). Y es que cuando aún no habíamos digerido los costos de una crisis, apareció otra crisis excepcional y luego otra. Pero, más allá de los impactos, lo que distingue al presente del pasado es el carácter profundamente incierto del avenimiento.

Todo ello induce a una fuerte tensión sobre las cuentas públicas, la economía de los hogares y las empresas que se ven resentidas. Desde una perspectiva macroeconómica, la situación nos está llevando a que nos acostumbremos a un contexto de menor crecimiento económico y una mayor presión inflacionaria. Los precios de los alimentos, así como los de la energía, aumentan, lo cual repercute de manera diferente en productores (exportadores) y consumidores (importadores). A ello habría que sumar los efectos destructivos que aparejan las inundaciones o las sequías, eventos extremos que también ya afectan a la región. No obstante, los efectos de las crisis no se circunscriben a la economía real. También suben los costos financieros (tasas de interés) y hay un mayor riesgo financiero que incrementa la probabilidad de default de numerosos países. Según el Banco Mundial, dicha situación comprende a casi el 60% de los países de bajos ingresos.

Mientras la región aún percibe los impactos por la pandemia de la COVID-19, actualmente también enfrenta un inestable escenario geopolítico y económico mundial marcado por una conjunción de crisis sucesivas, en particular, por la guerra en Ucrania. Esto ha llevado a la continuación de la desaceleración del crecimiento económico (se espera que ronde en 1,4% para 2023) y a una lenta generación de empleo, sobre todo de calidad, junto a fuertes presiones inflacionarias que han conllevado el incremento de precios y caídas importantes en la inversión, afirmó el informe Panorama social de América Latina y el Caribe, recientemente difundido por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Además, otro informe reciente del Fondo Monetario Internacional (FMI) destaca que “lo peor aún no ha llegado”. Obviamente, en un contexto signado por las tensiones geopolíticas, la ausencia de coordinación agrava la situación e impone nuevas crisis. Y es que América Latina se está viendo involucrada en el conflicto que enfrenta a China con EE. UU., lo cual limita la libertad que la región supo recuperar a inicios de los años 2000.

En este marco, la volatilidad que impregna la actualidad se está viendo agudizada por la falta de una mirada común regional. Esto también marca la imposibilidad de avanzar en beneficio de las generaciones futuras. La estabilidad de antaño resulta hoy imposible de alcanzar, y la inseguridad viene atada a lo incierto del futuro. Ello genera angustia y malestar en la sociedad, lo cual puede terminar socavando el apoyo a la democracia.

Por ello, se deben abandonar los discursos nostálgicos. La clase dirigente debe buscar nuevos enfoques, y los encargados de hacer política deben salir del reduccionismo que actualmente caracteriza su toma de decisiones. La policrisis requiere una mirada ecléctica, multidisciplinaria, que articule las distintas aristas (social, económica, política, sanitaria, geopolítica y ambiental) que presentan los problemas que enfrentamos.

Tal como antaño destacaron pensadores como Edgar Morin, Ulrich Beck y Manfred Max-Neef, o actualmente el historiador económico Adam Tooze, afrontamos una situación sumamente compleja cuya gravedad trasciende la suma de las partes. Debemos reconocer que es el hombre quien con su actuación ha inducido a esta situación y quien ha impuesto la inestabilidad al sistema, incrementando la producción petrolera, la deforestación, y destruyendo la biodiversidad.

De continuar así, no esperemos una vuelta a la estabilidad de antaño: será más lógico prepararnos para el desastre.

 

LEONARDO STANLEY